Ayer pude conocer, así sea superficialmente, anécdotas de dos personajes dedicados a la abogacía.
El primero, Roy Cohn, es presentado en la película El aprendiz como una especie de guía espiritual de un entonces joven Donald Trump. El abogado no solo carece de escrúpulos, sino que prefiere usar el chantaje por sobre las leyes o argumentos como herramienta de trabajo. De acuerdo a la cinta, los 3 consejos principales que Cohn compartió con Trump se convirtieron en los mantras del hoy presidente de Estados Unidos por segunda vez: (1) ataca, ataca, ataca; (2) no admitas nada y niega todo en aras de construir tu propia verdad y (3) proclama siempre tu victoria y no admitas ninguna derrota.
Si bien el personaje es repulsivo (como lo es también su pupilo hoy nuevamente presidente), a decir verdad sus consignas son compartidas cotidianamente por un buen número de profesionistas del derecho dedicadas al litigio. En materia laboral, por ejemplo, todos los días se presentan planteamientos mentirosos o que ocultan la verdad: desde los abogados patronales que de acuerdo a sus escritos son más respetuosos de la ley que los propios tribunales hasta los abogados de empleados que, acostumbrados a la holgazanería del formato, gustan de convertir todo problema laboral en despidos que curiosamente siempre ocurren “en la entrada/salida de la fuente de trabajo”. Para unos y otros, la verdad importa poco: hay que crear una verdad propia, atacar y ganar como sea.
El segundo personaje lo conocí de forma indirecta. Una persona trabajadora me llamó porque estuvo involucrada en una situación laboral bastante atípica y quería una orientación para enfrentar un escenario que describía como injusto. Luego de una hora y con sinceridad, le expliqué que no tenía claro el camino, pero que podríamos tratar de diseñar una estrategia, sin poder comprometerme a un resultado específico dado lo inusual de la situación. Me agradeció la sinceridad y la escucha, pues según me dijo ya había charlado con una colega que, en resumidas cuentas, se dedicó a regañarla. Semejante actitud la había hecho descartar una opción jurídica, que ahora está pensando tomar tras nuestra charla. El asunto en cuestión no es sencillo, pero hay alternativas. ¿Por qué mi colega abogada optó por regañar a la persona en lugar de imaginar posibles salidas al problema?
Tanto en el caso de Roy Cohn como en el de mi colega regañona, creo que hay un par de posturas muy compartidas en el gremio abogadil: hay que ganar de la manera más fácil posible sin ponderar la dimensión social de nuestro quehacer.
Estas posturas, claro está, no son exclusivas del litigio. El sistema socioeconómico en que vivimos premia sobre todo el éxito material y la fortuna sin importar cómo se alcancen. Cuando eso ocurre, las reglas estorban (como le estorbaban a Cohn u hoy le molestan a Trump) y la gente encuentra inútil (y digno de regaño) empeñarse en luchar contra algo injusto. Los litigantes, muchas veces, somos el reflejo de un sistema esencialmente canalla que no nos limitamos a reproducir sino que lo ayudamos a consolidar con nuestro actuar.